#058 El Paraíso Prohibido

El lago alambrado, la historia del paraíso prohibido

Todo comenzó a mediados de los ‘90, cuando el boom de la Patagonia se insinuaba pero aún no había estallado. Era una tierra virgen y maravillosa, pero todavía alejada de las cámaras. En el país no había todavía una ley de tierras que limitara la extranjerización de naturaleza (recién la hubo en 2011). Y la cosa era simple: poniendo plata, se podía comprar lo que fuera. Hasta la tierra fiscal. Carlos Menem invitaba a que todo el que quisiera su campo en la Argentina se viniera al Sur “porque acá lo que sobra es tierra”, decía el riojano.

Ya habían llegado los Benetton, que todavía son, los mayores propietarios privados de hectáreas del país. También se había afincado el magnate de medios Ted Turner, en Villa Traful. Y un operador inmobiliario, Nicolás Van Ditmar, dio con el inversor soñado: Joseph Lewis, un millonario inglés, la sexta fortuna del Reino Unido, que buscaba el paraíso.

A 30 kilómetros de El Bolsón, existía una familia, de doce hermanos que ocupaban desde siempre un paraíso fiscal de 11 mil hectáreas alrededor de un espejo de agua entre montañas: el Lago Escondido. No contaban con títulos de propiedad, pero con el derecho de iniciar un juicio contra el Estado para ser reconocidos como dueños. A los Montero los hicieron titularizar y luego les compraron por 12 millones de dólares. A uno se le permitió seguir viviendo dentro de los límites de la finca, como puestero. A otros les dieron departamentos en Bariloche y plata. El magnate comenzó a edificar su mansión, se instalaron alambrados, se abrió un camino para que invitados y empleados llegaran por tierra y se colocó una garita de seguridad en el comienzo de ese camino para determinar quién pasa y quién no.

Nicolás Van Ditmar hijo fue nombrado administrador de Hidden Lake S.A. con el 1% de las acciones de la compañía. Lewis posee el 99% restante. En varias oportunidades, cuando surgieron denuncias contra el inglés por ocupar una zona de seguridad de frontera, algo prohibido por ley, la respuesta de sus abogados fue que Hidden Lake es una sociedad anónima radicada en el país y con accionistas argentinos. En el año 2014, durante un pico de protestas por el impedimento de acceder al lago, Van Ditmar, hombre de carácter, expresó: “Vamos a defender la propiedad privada con el Winchester en la cintura, con sangre si hace falta”.

Los años siguientes al desembarco, fueron de consolidación como vecino. La construcción del reino de Lewis se convirtió en el mayor empleador de El Bolsón y tendió puentes con todos los niveles del poder. No existe prácticamente ningún gobernador de Río Negro que no haya pasado por el lago para comer un asado. También se dice que muchas veces llegaron celebridades en vuelos privados para participar de fastuosos banquetes. Se habló de Messi, de Arjona, de alguno de los Stones. De políticos. Pero más allá de eso, Lewis se convirtió en un benefactor. Movido, según sus palabras, por un altruismo desinteresado, donó ambulancias, materiales para escuelas, colchones. Costeó estudios médicos de pobladores, financió viajes educativos para jóvenes de la región. Construyó un centro recreativo llamado All About Kids, en donde, entre otras cosas, se enseña inglés a los niños de la comarca andina.

La Patagonia pintada de Macondo, el modelo de felicidad Neverland promovido por Lewis. Cada vez que el vecino llega, entre diciembre y marzo, la mansión abre las puertas a sus invitados para celebrarlo. Se contratan combis que salen a buscar niños de orfanatos y parajes cercanos y los traen a la finca para pasar el día. Se organizan torneos de fútbol, pruebas de destreza física. Los adultos compiten por la Copa Lago Escondido.

Todas las costas de los ríos y los lagos del país son públicas. El nuevo Código Civil redujo a 15 metros el llamado camino de sirga, el espacio que antiguamente debían reservar los dueños de predios linderos con vías navegables para que se pudieran remolcar las embarcaciones. Los terrenos siguen siendo privados, pero con una limitación que no permite que sus dueños impidan el uso público de la franja costera. El dilema con el Escondido sigue siendo cómo llegar a sus costas públicas. Lewis tiene toda la tierra que las rodea. Sería como comerse la yema de un huevo sin tocar la clara.

Tres fallos obligan a Hidden Lake S.A. a abrir una servidumbre de paso al lago. Y todas las instancias, hasta la Corte Suprema, están agotadas. Van Ditmar, en cambio, dice que ya cumplieron. “Cedimos gratuitamente un acceso. Es una caminata muy linda que en verano la gente la hace. Y generamos otro acceso por el Río Manso.”

El primero, es el camino Tacuifí (Amarillo), que sale desde El Foyel. Según los locales, ésta debería ser la servidumbre pública al Escondido, pero no sirve. Comienza atravesando un caserío (donde viven muchos empleados de Lewis) hasta que la huella se corta en el caudaloso río Foyel, cuyo puente fue derrumbado y su lecho dragado por operarios de Lewis con la finalidad de mantener alejada a la población y turistas. Si estuvieran los dos puentes que se necesitan para habilitarlo desembocaría sobre la margen derecha del lago. Los visitantes, entonces, tendrían una vista magnífica de la mansión y hasta podrían jugar en su amarradero.

El otro acceso (Azul) desemboca del otro lado del lago, lejos de la mansión, con el que ironiza Van Ditmar. Es una huella de caballo que propone como acceso popular. Lo hacen menos de 20 personas por año. Y se entiende por qué: son entre 50 y 60 kilómetros de ida y vuelta y se requiere, siendo rápidos, por los menos dos o tres días de trekking, con equipo para acampar en la montaña. Más que un paseo, un desafío en todos los sentidos.