#192 Basurero Nuclear

 

La gran caravana

Más de 20 años transcurrieron desde la multitudinaria marcha que dio un portazo definitivo al proyecto del basurero nuclear. Más de cuatro mil personas recorrieron 450 kilómetros de ripio a través de la estepa patagónica para llegar a Gastre, dando la más contundente respuesta al gobierno de Carlos Menem, que pretendía pisotear la Constitución Provincial, imponiendo el primer repositorio de residuos radioactivos de alta actividad del planeta.

Las noticias llegadas de Buenos Aires en el mes de junio de 1996 convulsionaron a Chubut. Un plenario de cinco comisiones de la Cámara de Diputados de la Nación daba potestades a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) para decidir el emplazamiento de un «repositorio final para residuos de alta, media y baja actividad». El despacho además expresaba que «de no llegarse a un acuerdo con la provincia en cuyo territorio se propusiese la localización de su emplazamiento, el Poder Ejecutivo Nacional remitirá los antecedentes a una comisión bicameral del Congreso de la Nación que se constituirá a tal efecto, la que deberá expedirse sobre la localización definitiva, siendo ello vinculante para las partes intervinientes». De esta manera pasaban por arriba el artículo 110 de la Constitución de Chubut que prohíbe taxativamente desde la reforma de 1994 «la introducción, el transporte y el depósito de residuos radioactivos».

La historia comienza a principios de 1980, cuando la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) anunció que construiría un repositorio de Residuos Radioactivos de Alta Actividad, conocido comúnmente como “basurero nuclear”, en Sierra del Medio, a 70 km de Gastre, que en ese momento tenía alrededor de 400 habitantes. Este sería el primero del mundo.

En Chubut los pobladores comenzaron a organizarse, reunieron 8.000 firmas en octubre de 1986 y las entregaron al entonces presidente Raúl Alfonsín que visitaba la ciudad de Trelew en ocasión de su centenario. En ese entonces se dijo que el proyecto quedó paralizado, sin embargo después de 1991 comenzó nuevamente el movimiento de la CNEA en la zona que culmina en 1996 con la resolusión de la Comisión de Energía de Diputados de la Nación que aprobó la construcción del basurero atómico.

La marea privatizadora del gobierno menemista había llegado a la energía nuclear con la intención de deshacerse de las centrales nucleoeléctricas y obtener una buena renta alquilando el basurero atómico a las potencias mundiales, que al día de hoy no saben qué hacer con la letal escoria radioactiva. A 70 años del inicio de la era nuclear, no existe un solo repositorio de residuos radioactivos de alta actividad en el planeta.

La gran caravana a Gastre produjo un fuerte impacto en los medios nacionales e internacionalizó una lucha que había comenzado en la década del 80 gracias al empuje de Javier Rodríguez Pardo, reconocido militante fallecido el año pasado, fundador del Movimiento Antinuclear del Chubut y referente del ecologismo latinoamericano. El gobierno de entonces no tuvo en cuenta que el pueblo de Chubut llevaba 13 años batallando sin claudicaciones contra el repositorio nuclear.

Desde que se anunció el proyecto en el Parlamento nacional se sucedieron actos, marchas y movilizaciones espontáneas por toda la Patagonia: 3.500 estudiantes salieron a las calles en Caleta Olivia, en Puerto Madryn una inmensa cadena humana con más de 5 mil jóvenes escribía con sus cuerpos, sobre la arena de la playa: «No al Basurero Nuclear. Patagonia No Nuclear», en Trelew se registraban fuertes movilizaciones y actividades en la Plaza Independencia, y así en muchos lugares. De esta manera se iba dando un rechazo rotundo en todos los rincones de la Patagonia, repulsa que a esa altura encontraba eco en funcionarios que habían mantenido un sospechoso silencio durante los años anteriores.

La consigna de marchar a Gastre fue lanzada por Javier Rodríguez Pardo en una de las masivas concentraciones en la Plaza Independencia de Trelew. En cuestión de días se gestionaron decenas de colectivos (que no alcanzaron) para trasladar a más de 4 mil anotados. Cientos de vehículos particulares fueron también de la partida. No hubo medio nacional, televisivo ni gráfico que no haya cubierto el rotundo rechazo de los chubutenses al sepulcro radioactivo. Las imágenes de la interminable caravana de vehículos daba la vuelta al mundo.

Recordar la gesta antinuclear de Gastre es imprescindible; los más jóvenes deben saber que antes de su nacimiento fueron condenados a vivir con el primer cementerio nuclear del planeta. Reflexionar sobre lo que pretendían poner dentro del macizo de Sierra del Medio estremece. El plutonio -239 por mencionar uno solo de los radionucleidos- tiene una vida media de 24.200 años, recién después de este tiempo decaerá a la mitad su capacidad de hacer daño. Sepamos, la millonésima parte de un gramo de plutonio causa cáncer.

A 20 años de aquella gran marcha, no existe hoy un Repositorio de Residuos Radioactivos de Alta Actividad funcionando en ningún lugar del mundo. Los pocos intentos por construirlos fracasaron, demostrando que la industria nuclear no tiene respuesta para el peor flagelo que genera: la letal basura radiactiva generada tras la fusión nuclear de los reactores atómicos.

La lucha de Gastre, hizo posible que se introduzca en la Constitución Provincial y Nacional la prohibición del ingreso al territorio nacional de residuos radiactivos o susceptibles de serlo. Gastre es, además, el antecedente inmediato de las asambleas socioambientales y una referencia inevitable de muchas batallas ganadas por los pueblos en defensa de sus territorios. Esta movilización representó uno de los hitos de la lucha socio ambiental, antecedente inmediato de las grandes movilizaciones contra la megaminería en otros puntos del país como Esquel, Famatina y Gualeguaychú, donde los pueblos se levantaron rechazando la imposición de proyectos perjudiciales para la vida de las poblaciones.

Mirando atrás, dos enseñanzas quedan muy claras; la primera, es que aún no hemos logrado construir alternativas económicas a los modelos cortoplacistas y contaminantes -ligados mayormente a grandes intereses económicos transnacionales-, y que impliquen un desarrollo sostenido en el tiempo y sosteniendo el medio (los ecosistemas) en el que vivimos, un desarrollo por y para el bien de las comunidades. La segunda, que mientras eso no suceda, una creciente conciencia ambiental impulsará a nuestros vecinos a rechazar que sus territorios sean declarados zona de sacrificio.